La crisis de Irán y la tensión en el estrecho de Ormuz han devuelto a los mercados energéticos a un escenario de alta volatilidad, en el que el petróleo y el gas se encarecen de nuevo, provocando un impacto que ya se nota en los bolsillos de los conductores españoles. Y aunque pudiera parecer lo contrario, esta situación afecta tanto a los que siguen pasando por la gasolinera, como a quienes creían estar a salvo gracias a su coche eléctrico.
En España, los conductores están viendo cómo cada repostaje de gasolina o gasoil es más caro, pero tambien cómo cada kilovatio hora que entra en la batería pesa más en la factura.
Por el momento, el coche eléctrico mantiene parte de su ventaja de coste por kilómetro, pero la situación demuestra que tampoco está completamente blindado frente a las turbulencias geopolíticas que se desarrollan a miles de kilómetros.
El estrecho de Ormuz concentra una parte clave del tráfico mundial de petróleo y gas, y cada vez que se tensiona esa ruta, el mercado reacciona con subidas bruscas de precios y la actual crisis en Irán no ha sido una excepción. El crudo se encarece, el gas natural se dispara y la cadena de costes comienza en los buques metaneros para terminar en la manguera del surtidor, pero tambien en el enchufe del garaje.
En los últimos meses, la gasolina y el diésel han escalado varios céntimos por litro respecto a finales de enero, hasta situarse en niveles que vuelven a recordar a los máximos de otras crisis energéticas recientes. De esta manera, llenar un depósito de 50 litros es hoy una operación sensiblemente más cara, tanto para quien conduce un diésel como para quien depende de la gasolina, con un sobrecoste que se percibe en cada desplazamiento semanal.
El impacto, sin embargo, no se detiene en los motores de combustión, ya que el mercado eléctrico español arrastra la particularidad de que convierte al gas en actor protagonista. Se trata de un sistema es marginalista, en el que todas las tecnologías cobran el mismo precio que la más cara necesaria para cubrir la demanda en cada hora, y esa tecnología suele ser el gas que alimenta los ciclos combinados.
En la práctica, cuando el gas sube, sube el precio de toda la luz, aunque el viento sople fuerte y el sol brille con intensidad. De esta manera, el operador del mercado ordena las ofertas de generación de la más barata a la más cara: primero nuclear y renovables, después hidráulica y, al final, los ciclos combinados. Así las cosas, si para cubrir la demanda hace falta activar una central de gas, el precio que marca esa última unidad es el que cobran todas las demás tecnologías, de manera que un conflicto en Irán que encarece el gas se traduce automáticamente en un aumento del precio de la electricidad para hogares y empresas en España.
Además, ls propietarios de coches eléctricos lo pueden comprobar en dos frentes distintos: por un lado, quienes tienen tarifas indexadas al mercado mayorista ven cómo el coste del kWh se infla en las horas punta, encareciendo las recargas domésticas; y por otro, los usuarios que dependen de puntos públicos o electrolineras se encuentran con tarifas más elevadas, ya que los operadores trasladan la presión de costes a sus precios finales.
La promesa de “llenar la batería por menos dinero” sigue vigente frente a la gasolina, pero el margen se estrecha cuando la luz se dispara. La realidad es que aun con estas tensiones, las estimaciones de costes siguen apuntando a una clara ventaja del coche eléctrico en términos de coste por kilómetro, de manera que. varios análisis apuntan a que recorrer 100 kilómetros con un turismo de gasolina ya se sitúa muy por encima del coste de hacer el mismo trayecto con un eléctrico, incluso incorporando el encarecimiento reciente de la electricidad.
La guerra encarece a todos, pero golpea de forma más directa y más intensa a los depósitos de combustión; y la secuencia de las últimas semanas confirma que ningún conductor está a salvo de la geopolítica, aunque también deja claro quién queda más expuesto.
La subida del petróleo y del gas castiga a los usuarios de diésel y gasolina de forma inmediata, mientras que, en el caso del coche eléctrico, el impacto llega a través de un sistema eléctrico cada vez más renovable; sin embargo, aún condicionado por el gas como tecnología que marca el precio final.
Para el usuario, el contexto obliga a vigilar la tarifa de la luz, optimizar las recargas en horas valle y comparar precios entre puntos públicos; mientras que para el regulador, la crisis en el estrecho de Ormuz reabre un debate de fondo, que escudriña si tiene sentido que el gas siga decidiendo el precio de toda la electricidad en un sistema que quiere electrificar el parque móvil y apoyar la transición hacia el vehículo eléctrico como pieza clave de la descarbonización.

