Una batería puede haber dejado de ser eficaz para un coche eléctrico y, sin embargo, todavía tener mucha vida por delante. En este sentido, Asturias ha planteado la posibilidad de dar una segunda vida a estas baterías convirtiéndolas en sistemas estacionarios de almacenamiento de energía, sobre todo si esta procede de fuentes renovables.
Según datos del último Global EV Outlook 2026 de la Agencia Internacional de la Energía (AIE), en 2026 se van a vender 23 millones de vehículos eléctricos, una cifra impensable hace solo unos años, pero que hoy parece más normal que nunca, lo que va a conllevar un crecimiento de la producción de baterías de hasta cuatro veces de aquí a 2030, y, por tanto también una intensa competencia por asegurarse el acceso a minerales críticos como el litio, el cobalto y el níquel.
El problema es que el acceso a estos componentes se está volviendo cada vez más complejo, por lo que resulta crucial optimizar el ciclo operativo de las baterías para evitar un descarte prematuro prematuro de las mismas.
Según explica un informe elaborado por la Fundación Asturiana de la Energía (FAEN), parece asumido que la batería de un coche eléctrico llega al final de su vida cuando su capacidad desciende al 70 % de la que tenía de fábrica, y a pesar de que para la movilidad se trata de una pérdida de autonomía que significa que la batería ha dejado de ser funcional y hay que reemplazarla, para otro tipo de aplicaciones sigue siendo totalmente útil.
Es el caso de los sistemas estacionarios de almacenamiento de energía que podrían usarse tanto en contextos residenciales como industriales. Según el informe, estas baterías, aunque ya no sean útiles para el coche eléctrico, pueden seguir almacenando cantidades importantes de energía que puedan usarse en otras situaciones, como para hacer frente a picos de demanda industrial, complementar instalaciones renovables o, incluso, alimentar la carga de vehículos eléctricos con baterías aptas.
En el ámbito de las energias renovables, un problema importante es que producir electricidad cuando sopla el viento o brilla el sol en el cielo no significa necesariamente producirla cuando alguien la necesita, motivo por el que las baterías de segunda vida podrían actuar como una pieza más de esa apuesta por las renovables y almacenar la energía cuando sobra para utilizarla cuando hace falta.
El informe recoge estudios según los cuales el uso de baterías de segunda vida podría reducir el coste nivelado de la energía en determinadas aplicaciones, con descensos que en algunos casos llegan hasta el 57 %. De acuerdo con FAEN, esto supondría abrir la puerta a nuevos modelos de actividad económica en una cadena industrial que aún está desarrollándose y que podría cobrar relevancia internacional.
Parece claro que no todas las baterías tendrán una segunda vida, y en este sentido, el informe contempla la posibilidad de que algunas de esas baterías ya estarán demasiado degradadas o dañadas, mientras que otras, simplemente, no resultarán rentables de reutilizar. En ese caso, entrarían en juego otras tecnologías como la hidrometalurgia, la pirometalurgia o la biometalurgia, tres de las vías que analiza el estudio de FAEN para recuperar los preciados materiales de los que se componen las baterías.

